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La importancia de la sexualidad para la construcción saludable del YO.

Como padre ¿nos hemos parado a reflexionar un poco sobre la sexualidad?

¿Sobre la importancia de la sexualidad en nuestra vida y la vida de nuestros hijos e hijas?


Queremos proponerles algunas reflexiones necesarias. A algunos posiblemente la sexualidad les parezca un argumento un poco frívolo en comparación a los problemas más críticos como la pobreza, la guerra, la enfermedad, el racismo o el hambre. Sin embargo nos encontramos en una época donde todo lo referente a la sexualidad enciende grandes conflictos y debates infinitos.


Muchas veces nos encontramos con niños que descubren la sexualidad, o que ponen preguntas muy específicas acerca de la reproducción, de los órganos genitales, de los pechos, de las menstruaciones de las mujeres. Sabemos que nuestros hijos descubren que el tocarse los genitales provoca placer. Que se dan cuenta de las diferencias biológicas entre hombres y mujeres. Como padres ¿nos sentimos incómodos en contestarles?


En nuestra experiencia de educadores, muy pocos padres logran enfrentarse a las preguntas más minuciosas con tranquilidad y abertura mental. A esto podemos también sumar las criticas que llueven en varios blogs sobre padres que se dejan ver desnudos por sus hijos, padres que se duchan con sus hijos, madres que amamantan sus hijos hasta los 3 o 4 años.

Si se dan cuenta todos estos prejuicios, muy radicados, tienen en común una visión muy retrograda de la sexualidad como algo que esconder o juzgar.


Gayle Rubin, una antropóloga estadunidense, dice que los actuales conflictos sobre los valores sexuales y la conducta erótica tienen mucho en común con las disputas religiosas de siglos pasados. Adquieren un inmenso valor simbólico. Muy a menudo las disputas sobre la conducta sexual de los otros se convierten en instrumentos capaces de desplazar la ansiedad social y descargar intensidad emocional. O sea, todo lo inherente a la sexualidad se tiene que tratar con especial cuidado en particular en épocas de tantas tensiones sociales, como estas. Sin embargo, como padres es necesario darnos un poco de tiempo para reflexionar y decidir de qué forma proponer la sexualidad a nuestros hijos, para que tengan un acercamiento saludable, libre de tabú y prejuicios.


No hace mucho tiempo, en Inglaterra y los Estados Unidos, fuertes movimientos sociales centraron su atención en los «vicios» de toda clase. Hubo campañas educativas y políticas para alentar la castidad, eliminar la prostitución y reprimir la masturbación, en especial entre los jóvenes. La idea de que la masturbación es una práctica dañina para la salud es parte de esta herencia. Durante el siglo XIX era creencia común que un interés "prematuro" por el sexo, la excitación sexual y, sobre todo, el orgasmo dañarían la salud y maduración de un niño. Los teóricos diferían en sus opiniones sobre las consecuencias reales de la precocidad sexual. Algunos pensaban que llevaba a la locura, mientras que otros simplemente predecían un menor crecimiento. Si niños o niñas eran sorprendidos en “practicas poco castas” podían terminar durmiendo atados a la cama. Lamentablemente la idea de que el sexo "per se" es perjudicial para los jóvenes ha quedado inserta en nuestras estructuras sociales.


Todavía en 2020, muchas culturas occidentales y en particular latinas consideran el sexo como algo peligroso, destructivo, como una fuerza negativa. En la tradición cristiana, el sexo es en sí pecaminoso. Puede redimirse si se realiza dentro del matrimonio para propósitos de procreación, y siempre que los aspectos más placenteros no se disfruten demasiado. A su vez, esta idea descansa en la suposición de que los genitales son una parte intrínsecamente inferior del cuerpo, mucho menos sagrada que la mente, el alma o el corazón.

También, aunque a menudo no nos damos cuenta, en la sociedad hemos asignado una pirámide de evaluación a la sexualidad según un sistema jerárquico: encima de la pirámide hay las parejas heterosexuales casadas, después las parejas heterosexuales. Siguen, en algunas mentalidades más abiertas, las parejas homosexuales monógamas. Las castas sexuales más despreciadas incluyen normalmente a los transexuales, travestís y trabajadores del sexo. El sexo en solitario todavía es algo que se tiene que esconder, así como el sexo por el placer de la sexualidad.


¿Y si cambiáramos este paradigma?

¿Si empezáramos a instilar en las familias y en nuestros hijos un concepto de sexualidad benigna?

¿Si habláramos la sexualidad como algo presente en la vida de todos, hombres y mujeres, que merece su disfrute?


Que los niños y las niñas aprendan de sexualidad es trascendente en un mundo controlado por la pornografía de un lado y la censura del otro. Aceptar la importancia del sexo como elemento biológico, social, cultural y quitarle esta áurea de “sucio” y “secreto” nos va a hacer no solo mejores personas sino mejores padres, capaces de hablar sin tapujos y escuchar desde la empatía y la abertura mental las posibles problemáticas que nuestros hijos se encuentran a enfrentar.



La construcción de una sexualidad saludable y equilibrada va a romper lentamente las barreras de prejuicios y estereotipos que se han creado alrededor del reconocimiento del sexo como parte importante de la vida.



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